Capítulo 2, La despedida junto al río Brunin.

La pequeña familia de la pradera.

El bosque del Gran Sabio tenia una gran variedad de flores, árboles y animales que lo formaban. Era un lugar perfecto para un par de cachorritos de zorro, tenían todo lo necesario y podían crecer sanos y fuertes cada día.

Eglantine ya no tenía mucho tiempo para hacer rondas en la montaña como antes. Ahora tenía que poner toda su atención en el cuidado de esos pequeños tan inquietos y curiosos que estaba criando.

La guarida debajo del Gran Sabio era muy confortable, un gran refugio y además era un buen lugar donde dormir la siesta después de comer.

Eglantine no solo los cuidaba, les mostraba el mundo en que vivían y les había enseñado a ser respetuosos con todos los seres que los rodeaban. Para comer les mostró cómo cazar pequeños animales e insectos una vez que ya tuvieron colmillos.

En la naturaleza y su entorno matar a otro ser sólo era aceptable para sobrevivir o defenderse en caso necesario, y si se hacía debía ser con respeto del que perdía su vida; no estaba permitido hacer sufrir a otro ser vivo.

Se habían aficionado a unas moras muy dulces que crecían en zarzas junto al Brunin, el gran río que corría cerca del prado. A veces lograban pescar algo en sus aguas.

También les había enseñado el lenguaje del corazón, y a dar gracias por los dones y regalos de la Montaña Sagrada a todas sus criaturas. A respetar y a conservar el equilibrio de la naturaleza a su paso por cualquier parte. Era una labor muy importante sensibilizar a estos cachorros pues tenían dones, además de grandes poderes elementales y no debían hacer mal uso de los mismos.

La primavera que los rodeaba se adornaba con el Durazno Ancestral coronado de preciosas flores rosadas y un clima tibio se fue transformando en el cálido verano.

Los chapuzones que se daban con los chubascos veraniegos repentinos a veces no eran tan divertidos. Sobre todo cuando el lodo se pegaba a la piel y era incómodo soportar los baños que la diligente Eglantine les daba para limpiarlos.

Kah era inquieto, muy curioso, y tenía mucha energía. A veces sacaba de quicio a la pobre madre adoptiva, pues a menudo tenía berrinches difíciles de controlar. En sus pupilas rojizas se podía ver esa chispa llameante del fuego que era su elemento, y se enojaba muy fácilmente. Pero así de rápido como el rayo, cambia su enojo por curiosidad.

Cuando algo lo inspiraba era apasionado, y sus ansias de conocer su mundo lo llenaban con esa necesidad profunda de analizar todo. Era tan curioso que muy a menudo se metía en problemas por ello.

Tuvo que aprender de mal modo que un Puerco Espín no es un buen juguete, todavía le dolía una pata por la espina que se le enterrara en ella.

Aprendió con una súbita y muy dolorosa mordida que las serpientes que se arrastran por el suelo no deben ser molestadas. Piquetes de abejorros, lastimaduras con espinas, guerra contra un hormiguero, todos los días había algo que explicar o curar a este fogoso aprendiz.

En cambio, la pequeña Mizu era muy tierna y dulce. Le era muy simple comprender a los demás cuando estaban tristes o se sentían mal. Era tan sensible que podía entender lo que los demás sentían sólo con tocarlos. Con mucha frecuencia ese toque tenía guardado un suave consuelo, instintivamente curaba a las criaturas que la rodeaban simplemente con desearlo.

En ocasiones no funcionaba y no sabía cómo aplicar sus dones curativos a una criatura herida o a una flor que se marchitaba y se frustraba mucho. Podía llorar inconsolable por ellos un buen rato. A Eglantine le costó trabajo enseñarle a aceptar la muerte como parte del ciclo natural.

No era miedosa, pero no le gustaba correr riesgos innecesarios a los que a veces le invitaba el inquieto Kah.

Jugaban y crecían juntos, Kah no dejaba nunca que algo le pasara a la pequeña Mizu, el ser algo mayor de edad y de tamaño le ayudaba en su papel protector. Cuidarla era otra de sus pasiones, y esa labor era la que mejor se le daba hacer.

En el cuello de ambos seguían las cadenas plateadas con los talismanes del templo de Vusin, llevar sus piedras al cuello les daba un extraño sentido de confort y unión. Ambos amaban y seguían a Eglantine por todos lados, y le llamaban con un sobrenombre cariñoso, más fácil de pronunciar para dos cachorros.

-¡Egly! ¡Tenemos hambre!  Vamos a pescar al Brunin algo para comer… ¡Anda!… Se me antoja una trucha fresca como la de ayer… Le increpaba Kah mientras brincaba alrededor de la guardiana con alegre insistencia

-No Kah, ayer llovió mucho y el Brunin está crecido, es peligroso pescar ahora. Vayan por moras y grosellas mejor.

-¡Pero queremos peces! la panza me hace ruidos graciosos y no me voy a llenar con moritas. Tú dices que somos los príncipes del bosque, y entonces tienes que obedecer… Un dejo de soberbia y altanería se transluce en sus palabras y su mirada.

-¡Kah, no dije que eran los príncipes!. Dije que eran los principales motivos de mis dolores de cabeza… Responde la Guardián, el humor siempre le ayudaba con Kah cuando su carácter se ponía muy complicado. El cachorro le celebra la ocurrencia.

-¡¡Ja ja ja ja no es cierto!! Tú nos quieres mucho y no dirías eso…

Dice Kah

-¿Te ha dolido la cabeza Egly, te sientes mal? ¡no me he dado cuenta!

Pregunta una preocupada Mizu mientras se acerca a Egly y le llena la cara de lengüetazos cariñosos y “curativos”. Egly rueda sobre la pradera y se les une Kah en un instante. Los tres juegan y ríen en un momento muy alegre.

-¡Basta! ¡ya me siento mejor!  Les dice divertida mientras se los quita de encima con delicadeza. -Además el gran sabio me dijo que era hora de que empezaran su aprendizaje. Vamos a verlo.

Egly se levanta y pensativa le quita una flor marchita de la oreja a Mizu, que se estaba rascando con insistencia para quitarla sin conseguirlo. Algo le preocupa, pero no puede definir qué es.

-Ay que aburrido suena eso… ¿debemos ir?

Se queja Kah.

-¿Aprender qué Egly? ¿ y quién es ese Gran Sabio?

Pregunta Mizu, quien se ha dado cuenta de la preocupación en la mirada de su madre adoptiva.

-Caminen, ya verán.

La voz del Gran Sabio.

Egly camina a buen ritmo hacia el prado del Gran Sabio, que ya les espera porque todo el bosque le avisa que los príncipes van en camino. No hay nada que pase en el bosque o la montaña que no sepa casi al momento.

Los cachorros siguen alegres el paso a Egly, jugando y distrayéndose como siempre con cada cosa que encuentran en el camino. Pronto llegan bajo el Durazno, el prado está alfombrado de flores rosadas y se ve hermoso.

Empieza a atardecer. Las cigarras y los pájaros inician su canto para despedir al sol en su rojizo camino a descansar y dar paso a la noche. La luna brilla ya en el cielo.

-Ya estamos aquí como pediste, Gran Sabio.

Dice Egly con una graciosa reverencia.

-Muy bien Guardian, gracias. Ahora retírate que necesito hablar a solas con los príncipes.

Egly se preocupa un poco de alejarse de aquel par de inquietos cachorros, pero obedece sin chistar con otra reverencia de despedida. Hasta ese día, los cachorros no han hablado con el Gran Sabio. Eran demasiado pequeños para recibir tan potente energía. Ahora que ya habían crecido estaban listos.

Mizu y Kah están en la pradera bajo el durazno ancestral jugando con un saltamontes, lejanos a la experiencia que van a vivir. Ni siquiera vieron a Egly alejarse de la pradera. De repente, dentro de ellos escuchan una gran voz profunda que los sobresalta. ¿Qué era eso?

-Príncipes, detengan su juego y acérquense a mí ahora.

La sorpresa de esa gran presencia los hizo dejar de golpe sus juegos y asustados empezar a buscar por todas partes al dueño de esa voz, mientras llaman a su tutora para que les diga qué pasa como siempre.

-¡Egly! ¿qué es eso, de donde sale esa voz?, ¿donde estás? ¡Egly ven!

Ambos corren y buscan con inquietud por todo el prado una respuesta sin encontrarla

El Durazno Ancestral se conmueve ante el susto de esos pequeños cachorros. Suavizando su llamado les dice.

-Soy el gran árbol debajo del cual viven, me conocen desde siempre. No me busquen, estoy frente a ustedes.

-¡¿El árbol?! Dice Kah incrédulo

-Mizu no dice nada, pero cierra sus ojos y se enfoca dentro de ella como hace para sentir al bosque y sus criaturas. Encuentra la presencia de la energía del Durazno Ancestral. Es al mismo tiempo nueva y familiar.

-Si, soy yo. le responde a ambos a la vez. Ahora vengan. El Gran Sabio es muy paternal y protector, al comprender que no deben temerle se calman un poco.

Con cautela se acercan hasta quedar a un par de pasos del tronco. Levantan la cara a la copa, sin estar muy seguros de cómo se pueden comunicar con un árbol. Ni siquiera Mizu lo había intentado antes. Se quedan inquietos y la voz del Gran Sabio vuelve a ellos.

-Pequeños príncipes, hoy es un gran día para ustedes. Han crecido bajo mis raíces y ya son grandes y fuertes. He llamado a dos maestros para que inicien su preparación en su misión como Espíritus Protectores de la Montaña Sagrada.

Los cachorros no saben cómo reaccionar, no se imaginaban que tenían una misión. ¿Espíritus Protectores? Están asombrados y el Gran Sabio sigue hablándoles dentro de sus corazones.

-Vendran a recogerlos para llevarlos a su iniciación, y es importante que recuerden que siempre tendrán este refugio en caso de necesitar descansar y renovar su energía y salud física. Cada tres periodos lunares deben regresar hasta aquí y pasar una semana de purificación con su piedra de poder, por que la van a dejar conmigo para que yo la custodie mientras tanto.

Los cachorros entienden y lentamente se quitan uno al otro el collar para dejarlo al pié del árbol. Aunque no les gusta la idea de quitarse sus collares, no tienen voluntad para negarse a las indicaciones del Gran Sabio. Su voz fuerte sigue sonando dentro de ellos.

-Su piedra posee la energía del templo de Vusin que les fue otorgada cuando la Guardián los llevo allá, y no deben estar mucho tiempo lejos de ella pues podrían debilitarse mucho. Tampoco deben llevar esas piedras con ustedes ahora en sus iniciaciones, porque nadie debe saber quiénes son en realidad mientras no estén listos para salir al mundo, y esas piedras los delatarían para aquellos que no quieren que ustedes protejan su hogar y cumplan su destino.

Al llegar a este punto, la voz del Gran Sabio hizo una corta pausa. Al reiniciar su mensaje parecía un poco diferente, con un dejo de preocupación.

-Hay fuerzas oscuras que intentarán dañarlos, pequeños. Pero yo sé que, con el tiempo, tendrán todo lo necesario para enfrentarlas y cuidarse solos.

Mizu y Kah están algo abrumados  y bastante sorprendidos, no están seguros todavía de lo que significan las palabras del Gran Sabio.

-Tengo miedo de esas fuerzas oscuras… Dice Mizu -Ninguna fuerza de esas podrá hacerte nada, para eso estoy yo… La conforta Kah, que realmente no se siente tan valiente de pensar en ello.

El Gran Sabio sigue en silencio y no les responde a sus comentarios. Los cachorros no están seguros de lo que pasará, sin embargo de algo están seguros, su vida está a punto de cambiar. Han estado juntos ya seis meses y dos estaciones, y sus días ha sido cómodos y alegres.

Pero no se han percatado que han crecido bastante, y que sus cuerpos se han desarrollado mucho. Su adolescencia está a punto de iniciar y casi tienen la talla de zorros adultos.

En ese momento se dan cuenta de la pausa que les diera el árbol para poder captar toda la información que acababa de darles. ¡Era tan distinto ese momento de todo lo demás que habían vivido! De repente, la voz potente se vuelve a hacer escuchar.

-Maestros, vengan por favor. Es tiempo ya de darse a conocer.

El viaje inicia.

En ese momento, como salidos de la nada llegan caminando dos imponentes animales que los cachorros no habian visto. Un enorme lobo negro, y una inmensa tortuga.

El Durazno ancestral les llama, y presurosamente les indica a Mizu el irse con la maestra tortuga, y a Kah a irse con el maestro Lobo. Les da indicaciones también a sus maestros en un lenguaje que ellos no pueden entender.

Sin poder negarse, ambos cachorros apenas y tienen tiempo para dirigirse una aturdida mirada de despedida, mientras que se alejan presurosos detrás de sus nuevos guías. Todo pasa muy deprisa, y segundos después, la pradera se sume en un suave silencio.

Egly se asoma tímida a la pradera al pié del Gran Sabio. Al no escuchar ruido ni voces, se extraña y se acerca curiosa. Le preocupa que sus cachorros hayan hecho algo inapropiado. Los busca con la mirada y se sorprende de no verlos ahí.

-¡Gran Sabio! Pregunta con respeto ¿a dónde están los príncipes? ¡Si se han escapado y no te han escuchado, voy a… !

-Eglantine, -le interrumpe el Durazno, -los príncipes han iniciado su preparación con los maestros de la Montaña Sagrada. No regresarán antes de que pasen tres lunas. Puedes regresar a tus labores y hacer tus rondas en el bosque, no es necesario que te quedes a esperarlos. Ellos estarán bien.

El Gran Sabio habla con toda la dulzura de sus frutos a la Guardiana. Sabe que la noticia será dura de recibir para ella.

Egly está estupefacta y muy triste. No puede creer que ella no supiera de ese plan y que el Gran Sabio no le avisara antes para poder prepararse y despedirse de sus cachorros.

-Pero… ¡yo no sabía! y no pude…

-Lo hice para que no tuvieran una despedida triste, Guardián. La interrumpe suavemente el Sabio. -Y para protegerlos a todos también. Ya sabes que no podemos dejar que los cachorros pasen mucho tiempo en el mismo lugar, podrían encontrarlos y todavía no pueden defenderse solos…

-De pronto, Egly entiende que era lo mejor. Siempre ha confiado en las decisiones del Gran Sabio. Sin embargo, esa certeza no le ayuda en nada para dejar de sentirse tan triste por la separación y por dejar de ver a sus pequeños tanto tiempo.

Suspira y no puede evitar que dos lágrimas se escapen de sus ojos.

-Si, Gran Sabio, entiendo. Gracias y me retiro a hacer mis rondas. Regresaré en tres lunas a esperar el regreso de los príncipes, si me lo permites.

Responde respetuosa. Su voz apenas se escucha y se entrecorta por el nudo de su garganta.

-Permitido.

Otorga el durazno ancestral, conmovido por el cariño de la Guardián. Sabe que tiene un corazón muy noble y sensible. Desde que empezara su labor era muy apreciada en todo el bosque, y por las pocas criaturas fuera de la montaña que la conocieran también.

Llegó muy pronto a ser importante para el equilibrio del bosque, la labor que hace cuidando a las criaturas indefensas es única. Apoyando a todos los seres vivos de la montaña y entendiendo donde se requiere ayuda.

Sin embargo, también tiene fuerza y mucho valor, aunque a veces hasta el Durazno Ancestral se sorprende al respecto de lo fuerte y valiente que Egly puede llegar a ser.

La Guardián se aleja un tanto cabizbaja. Sus pensamientos la inquietaban sin que pudiese evitarlo. ¿Quiénes eran esos maestros con quienes se fueron Mizu y Kah? ¿Estarían seguros con ellos? ¿Cómo estarían en ese momento y a dónde irían?  ¿Estaban juntos o separados?

Otro profundo suspiro se escapa de su pecho. Mejor iría a buscar a Sartas, su leal compañero y montura que siempre se quedaba cerca de ella para acudir si lo llamaba, con un profundo silbido. Debía prepararse e iniciar su ronda de guardia, de cualquier forma no podía preguntarle a nadie.

¡Tres lunas parecían ser demasiado tiempo en ese momento!

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