Kah iba corriendo a todo lo que daba, todavía no entendía lo que había pasado pero sabía con claridad que no debía perder de vista a ese enorme lobo negro que iba corriendo a unos pasos de él.

Era fascinante, el solo verlo había despertado en él un instintivo respeto. La mirada de sus ojos intensamente verdes era muy penetrante, con un brillo que translucía una profunda sabiduría e inteligencia. En la oreja derecha tenía una marca blanca, una especie de imagen de un sol pequeño. En su cara tenía una profunda cicatriz que le cruzaba sobre el ojo izquierdo. también tenía blancas las patas, y la punta de la cola. ¡Su tamaño era casi monstruoso!.

Avanzaban rápido a la luz del crepúsculo y cada momento se alejaban más y más de todos los espacios que le eran tan familiares. Echaba de menos a Egly y la pradera, pero sobre todo echaba de menos a Mizu. Su olor siempre le hacía sentir completo, no le gustaba estar lejos de ella.

Nuevos aromas llenaban su nariz, y podía reconocer a conejos, ardillas, aves, y otros animales pero había una gran cantidad de olores nuevos a su alrededor. Lamentó no tener tiempo ahora para curiosear.

Por el esfuerzo al avanzar y la dirección, pronto notó que iban subiendo la Montaña Sagrada por una ruta muy agreste. En su camino había gran cantidad de obstáculos que franquear, troncos, rocas, afluentes de agua, grandes plantas con afiladas espinas y setas tóxicas, agujeros enormes en el suelo.

Definitivamente no era un camino sencillo, y empezaba a sentirse muy cansado.

No había cruzado todavía palabra con ese enorme tutor que lo iba guiando, y quien lo esperaba en ciertos tramos para indicarle con gestos dónde pasar y dónde no. Esos momentos eran también para permitirle acercarse más, cuando la distancia entre ellos se agrandaba porque sus patas más cortas de zorro no podrían avanzar tan deprisa como él.

Kah estaba muy nervioso, pero por el momento solo podía seguir corriendo y vigilando sus pasos para no lastimarse. Ya había rodado un par de veces en pendientes lodosas por no fijarse dónde apoyar sus patas. Estaba sucio, con frío, hambriento y con los pensamientos tan revueltos como raíces de plantas enmarañadas.

Mizu tenía otros problemas diferentes, ¡muy diferentes en realidad!. La enorme tortuga de concha tornasolada no avanzaba muy deprisa en la tierra, pero sus pasos se dirigieron al Brunin a buen ritmo y muy pronto llegaron a su orilla. Ahí le dio una indicación a la pequeña alumna a su cargo.

-Sube a mí y sujétate bien.

Su tono era lento y tranquilo. Había fuerza en su presencia, en sus ojos algo blanquecinos por cataratas se notaba cierto brillo que hacía a Mizu sentir tibieza en su pecho al mirarla.

Inquieta por lo novedoso de toda la situación se subió de un brinco al caparazón, y se dio cuenta que estaba cálido por el sol del atardecer. Tenía una textura muy rugosa y algunas crestas al centro de cada segmento, sorpresivamente se formaba una estrella de siete picos con una cresta en el segmento superior. También se notaban arañazos profundos y algunas partes hundidas, eran huecos formados por golpes.

Como pudo, encontró una cierta concavidad cerca del cuello de la tortuga formada por el borde del caparazón, un tramo liso como listón del ancho de su cabeza, que rodeaba y se levantaba un poco en ángulo, dando un aspecto al mismo como del ala de un sombrero que le había visto a un pescador en el Brunin una vez.

Ahí se detuvo a acomodarse un momento mientras la tortuga se deslizaba sobre su enorme estómago liso al río, y en medio de un chapuzón muy ruidoso nadó al centro del mismo para dejarse llevar por la corriente, con su asustada pasajera sobre ella. Mizu había clavado sus garras instintivamente en el duro caparazón de la tortuga al sentir el rápido movimiento y las sacudidas para evitar caerse. Apenas lo había conseguido, y ahora iba empapada y nerviosa haciendo equilibrio sobre esa inmensa concha, en su primera navegación del Brunin a bordo de su tutora.

La lentitud de su viaje en tierra no tenía nada que ver con ese veloz avance sobre su navío viviente, que se impulsaba con sus aletas con gran facilidad y se adentraba cada vez más en los rápidos que estaban al frente. Sin tiempo para pensar Mizu se sobresalta al sentir el agua salpicar y el viento que se iba abriendo a su paso.

Por solo un instante, se preguntó si eso realmente estaba pasando o era un sueño. ¡Las cosas nuevas no dejaban de suceder! y todavía no sabía si tantos cambios en su vida le iban a gustar o no.

Kah mientras tanto, estaba cada vez más cansado en esa travesía tan complicada, pero el orgullo de no quedarse atrás lo ayudaba a encontrar fuerzas. Se dió cuenta que estaba oscuro pero podía ver todo con claridad, sus ojos captaban el brillo sutil de la luna sobre los contornos de todo el bosque que lo rodeaba.

Cuando era pequeño Egly le hacía quedarse dentro de la madriguera en las noches, por su protección. y era la primera vez que estaba fuera de ella en la oscuridad. Tomar conciencia de esa capacidad lo sorprendió mucho, pero no dijo nada.

Supuso que era algo que debería ser obvio para su maestro y no quiso aparentar ser tan inexperto en el primer día bajo su tutela. Ese mismo orgullo que no lo dejó preguntar le iba a generar algunos problemas más adelante. Sus patitas le pesaban cada vez más, y se iba atrasando mucho en el camino.

El gran lobo se dio cuenta y bajó la velocidad de avance. En el último tramo lo esperó con mucha paciencia. Cuando Kah al fin llegó jadeante a su lado le dirigió una mirada brillante, le asintió y luego levantó su cabeza en un aullido intenso y profundo desde el fondo de su enorme pecho.

Eso despertó dentro de Kah una canción instintiva muy ancestral, y no pudo evitar aullar también, pero su tono era muy agudo y suave, pues era más pequeño y todavía no había aprendido a sacar su voz desde su pecho peludo. 

En un momento, toda la montaña se llenó de aullidos intensos de diferentes tonos y potencias ¡La manada respondía al llamado del Alfa!. La luz de la mañana empezaba a despuntar en tonos azulados, violetas y rosados.

Cuando la canción de bienvenida terminó, empezaron a llegar los demás miembros del grupo y se fueron acomodando cerca del maestro y del cachorro, en una especie de semicírculo.

Una hembra blanca como la nieve, con una mancha negra en forma de medialuna en la oreja izquierda se acerca con paso lento y ceremonioso. tiene el porte de una reina, que se coronaba con la belleza de un abundante y gracioso mechón de cabello sobre su frente y entre las orejas. Sus ojos azules brillan con interés al mirar al Alfa.

Sir Dib, ahora te veo, Mi corazón se alegra.

Mon Ger, ahora te veo. Mi corazón te agradece.

Después de saludarse con una ligera inclinación de cabeza, ambos lobos se acercan para frotase uno al otro con ternura. Se puede sentir la calidez de su encuentro, pero sólo un instante después Mon Ger mira curiosa a Kah.

En ese momento Kah se da cuenta que debería hacer algo pero no sabe qué y solo atina a inclinarse y encogerse junto a ellos. No lo ha pensado, pero es el comportamiento y el gesto de cachorro que hacía cuando quería que Egly le pusiera atención, y era muy gracioso por que parecía una bolita. La punta de su colita mullida quedaba casi en su nariz.

Ambos lobos miraron con ternura al cachorro, todavía algo sucio de lodo. Estaba tan cansado que temblaba un poco por el esfuerzo de no dormirse. Mon Ger se acerca y le da un toque de nariz a nariz,  luego lo mira y le dice

-Kah, protegido del templo de Vusin, príncipe de la Montaña Sagrada, Te veo. Mi corazón se alegra.

Kah entiende el saludo , se yergue sobre sus patas y responde con toda la solemnidad que puede un pequeño viajero muy cansado, en un susurro:

-Mon Ser, Te agradezco. Mi corazón te ve.

Toda la manada sonríe con ese saludo de cachorro algo torpe y un aullido de bienvenida surge de todas las gargantas en medio de la luz del alba.

Después de viajar toda la noche el príncipe al fin ha llegado a la Caverna del Viento.

Mizu empezaba a sentirse muy mareada sobre el caparazón de su maestra, y entonces agradeció no haber comido trucha como quería Kah, El recordar a su querido hermano de momento la hizo entristecer, ¡le echaba mucho de menos! su presencia le hacía sentir segura.

Pero no pudo seguir triste con esos pensamientos porque otro brinco en los rápidos del río la obligan a poner atención en no caerse. la luz del atardecer ya se había ido, y en la oscuridad ella también podía ver las siluetas de todo a su alrededor. Inclusive veía en las corrientes del río algunas luces y siluetas que no podía reconocer, pero no le había dado mucha importancia a eso. Más bien intentaba calcular la distancia que habían recorrido ya, río abajo.

En el cielo, la luna llena bañaba todo con su suave luz de plata, y en las riberas del Brunin había visto a los animales acercarse a beber, otros a pescar y comer, y algunos asentamientos de humanos también, con sus barcos pesqueros. Todos habían quedado muy atrás. Sobre todo después de tomar una afluente pequeña, algo oculta en una bifurcación de la corriente que había tomado la tortuga en su navegación tan rápida y fluída.

El esfuerzo de no caerse ya la había cansado y tenía frío, porque llevaba mojada mucho tiempo, Temblaba mucho y sus dientes castañeteaban sin poderlos controlar. El cansancio la hizo dejar de pensar y de preocuparse por lo lejos que había viajado. Poco a poco todo se empezó a ver lejano, y el tiempo se ralentizó mientras dejaba de oír ruidos, luego todo se puso negro…

¡Al fin! Un descanso, estaba en la guarida, tibia y cómodamente recostada sobre las flores del durazno con las que Egly les arreglaba su cama. Su mundo estaba bien otra vez, descansaba y se relajó todavía más. Empezó a soñar con un par de mariposas blancas con las que estaba jugando en la pradera. Giraban, volaban y se escapaban de su alcance hasta que a lo lejos escuchó un llamado que iba haciéndose más fuerte cada vez.

-¡Mizu! ¡Princesa, despierta! ¡Mizu!

-Egly, déjame dormir otro poco… tengo mucho sueño…

Su respuesta incoherente casi no se entiende. Hablar entre sueños es dificil. ¿o soñó que respondía? no podía diferenciar el sueño de la realidad.

-¡Mizu!, ¡despierta ya!!

Las mariposas blancas que estaba persiguiendo se transformaron frente a su cara en los ojos ciegos de la gran tortuga, que estaba reclinada sobre ella. Ahí empezó a tomar conciencia otra vez de su entorno.

Estaba tumbada sobre arena blanca, a la orilla de una playa donde el Brunin desembocaba en el mar. Era aterciopelada como nada que hubiera sentido antes; tibia y suave a pesar de la humedad. Había palmeras un poco más allá. Se levantó tosiendo un poco.

No lo sabía pero se había desmayado de cansancio durante su viaje. La tortuga se las había arreglado para meterla dentro de su caparazón y terminar el viaje con ella a salvo, tibia y pegada a su cuerpo, ¡Era tan grande que hasta sobraba espacio!

-Ya llegamos, Princesa. El camino ha sido largo, ya empieza a amanecer. Bienvenida a tu hogar por tres lunas.

Mizu se sacude pasa sacar el agua y la arena de su pelo en un intento de limpiarse, pero sólo lo logra a medias. El cielo adquiere tonos violetas y rosados, la luna empieza a esconderse tras unas nubes en el horizonte. El alba da paso al día y unas gaviotas vuelan cerca , recibiendo al sol con sus graznidos de siempre. Mizu nunca las había visto y le dan curiosidad. El mar la deja fascinada ¡Ese lugar era increíble!

A la derecha hay unos peñascos que forman una gruta lejos de las olas. Tiene una forma peculiar que Mizu intenta reconocer pero no sabe qué es. Su perfil empieza a verse cada vez mejor al salir el sol de la mañana. Tiene la forma de un enorme pez, y la gruta es su boca abierta.

-Esta es tu casa, Mizu, hija del templo de Vusin, es la Peña de la Ballena Blanca.

En ese momento, se pueden escuchar ruidos a lo lejos. Unos aullidos en lo alto de la Montaña Sagrada hacen eco dentro de la gruta de la Ballena Blanca que parece cantar por su enorme boca abierta y Mizu aúlla por instinto, su voz como la de Kah es aguda y suave a la vez.

Sin darse cuenta han aullado al mismo tiempo ella en la playa y Kah, en lo alto de la montaña, muy lejos de ella. -Su lazo es muy fuerte-, piensa la maestra que sí ha escuchado ambas voces aullar al unísono.

Una pequeña langosta azul, muy vivaracha llega y saluda

-¡Gran Obah!, gracias a la marea que ya has llegado. ¡Bienvenida de vuelta!.

Su voz es algo chirriante, y con ruidos como de gijarros chocando entre ellos. A Mizu le hacen pensar en los ruidos de los saltamontes al atardecer.

-Muchas gracias Chois. Prepara la gruta para recibir a la princesa, necesita comer y descansar.

Mizu interrumpe las ordenes con suavidad

– ¿Gran Obah? ¿Así debo llamarte, maestra? Pregunta. Tiene tanta hambre que su primer impulso ha sido brincar sobre el tal Chois y comerse a esa cosa azul de tantas patas, pero lo reprime. ¡Ya luego comerá algo que no salude a su maestra!.

-No es necesario, pequeña. Responde la lenta y suave voz de la maestra. -Tu sólo llámame Abuela.

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Por Gabby

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